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Me encantaba contemplar mis libros en las estanterías, acariciar sus lomos y meter la nariz entre sus páginas como si realizara una fantasía pecaminosa. Debo tener casi diez mil, atesorados desde la adolescencia y leídos sin pausa a través de los años. ¿Habrá placer más grande que poner nombre, fecha y lugar de compra en la primera página de un nuevo libro? Mi biblioteca es el atlas de mis lecturas, la memoria de mi caligrafía y el itinerario de mis conocimientos. Cuando las niñas eran pequeñas sacaba un libro al azar y les explicaba dónde lo había adquirido, a qué edad lo había leído y cómo había influido su lectura en mi vida. Ellas reían y prometían cuidarlos mucho, pero ahora han crecido, se han puesto muy guapas y la casa se me ha llenado de moscones. No me importa que alguno de esos maleducados le meta mano algún día a mis hijas. Es ley de vida. No. Lo que no me deja dormir es que encima arramplen con la biblioteca. Me sulfura suponer que dentro de veinte o treinta años un yerno la tire a la basura para hacerle sitio a un televisor más grande. “¿Hasta cuándo vamos a guardar la biblioteca del empollón de tu padre?”, chillarán. Ay, mis libros, mis viajes, mi memoria. Por eso cogí un cuchillo y me escondí en el garaje hasta que salieron esos maleducados. No se dieron ni cuenta. ¡Pobrecitas! Eran tan guapas.
Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki

Me encantaba contemplar mis libros en las estanterías, acariciar sus lomos y meter la nariz entre sus páginas como si realizara una fantasía pecaminosa. Debo tener casi diez mil, atesorados desde la adolescencia y leídos sin pausa a través de los años. ¿Habrá placer más grande que poner nombre, fecha y lugar de compra en la primera página de un nuevo libro? Mi biblioteca es el atlas de mis lecturas, la memoria de mi caligrafía y el itinerario de mis conocimientos. Cuando las niñas eran pequeñas sacaba un libro al azar y les explicaba dónde lo había adquirido, a qué edad lo había leído y cómo había influido su lectura en mi vida. Ellas reían y prometían cuidarlos mucho, pero ahora han crecido, se han puesto muy guapas y la casa se me ha llenado de moscones. No me importa que alguno de esos maleducados le meta mano algún día a mis hijas. Es ley de vida. No. Lo que no me deja dormir es que encima arramplen con la biblioteca. Me sulfura suponer que dentro de veinte o treinta años un yerno la tire a la basura para hacerle sitio a un televisor más grande. “¿Hasta cuándo vamos a guardar la biblioteca del empollón de tu padre?”, chillarán. Ay, mis libros, mis viajes, mi memoria. Por eso cogí un cuchillo y me escondí en el garaje hasta que salieron esos maleducados. No se dieron ni cuenta. ¡Pobrecitas! Eran tan guapas.

Ajuar funerario, de Fernando Iwasaki

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Nunca me he acostumbrado a estar en esta tierra. Creo que nuestra presencia aquí es un error cósmico. Estábamos destinados a algún otro planeta lejano, al otro extremo de la galaxia.

                                                                        John Banville

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The last supper, by Warren Ellis

The last supper, by Warren Ellis

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The last galactica supper

The last galactica supper

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Miedo, por Raymond Carver

Miedo de ver un coche de la policía pararse delante de casa.
Miedo de dormirme por la noche.
Miedo de no dormirme.
Miedo de que resurja el pasado.
Miedo de que el presente emprenda el vuelo.
Miedo al teléfono que suena en medio de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo a la mujer de la limpieza que tiene un grano en la mejilla.
Miedo a perros de los que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo de tener que identificar el cadáver de un amigo.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener demasiado, aunque la gente no se lo crea.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo de llegar tarde y miedo de llegar el primero.
Miedo a la letra de mis hijos en un sobre.
Miedo de que mueran antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo de tener que vivir con mi madre en su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo de que este día acabe con una nota triste.
Miedo de despertarme y ver que te has ido.
Miedo de no amar y miedo de no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que amo tenga consecuencias fatales para aquellos a
los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo de vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Eso ya lo he dicho.

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—No me llames Miguel, llámame Saavedra, mi segundo apellido, es el que uso desde hace unos cuan­tos años, demasiados años, me gusta mucho Saavedra, pero aún me gusta más SA a secas, llámame SA, y cuan­do lo escribas, pon la «a» con mayúscula para que no se confunda con el pronombre «se», tan frecuente en el español; ese «se» que, por otro lado, vuelve locos a los gramáticos porque tiene usos variopintos y oscuros; me cae bien ese «se», tan español, y en el fondo tan brutalmente latino; es increíble la cantidad de funcio­nes gramaticales que tiene encomendadas ese pronom­bre «se»; yo diría que es la palabra más enigmática del español; me gusta cuando aparece con valor reflexivo, pero también en las llamadas pasivas con «se», donde ya no hace de pronombre, y también en las impersona­les del tipo «En España se bebe mucho», donde tam­poco es pronombre. Nadie sabe muy bien qué es o en qué se convierte cuando no hace de pronombre, una especie de criatura gramatical enigmática y maligna. Es fascinante. El «se» es una criatura mutante. Por eso, llá­mame SA, y la «a» con mayúscula, una buena A, gran­de y firme, para que no haya colisión con esa superpa­labra. El español es una lengua inventada por el Diablo. Todos somos seres inventados por el Diablo, o por Dios, y su mismísimo hijo Jesucristo, da lo mismo.
…………………………………………MV, Los Inmortales, Alfaguara, págs. 16-17.

—No me llames Miguel, llámame Saavedra, mi segundo apellido, es el que uso desde hace unos cuan­tos años, demasiados años, me gusta mucho Saavedra, pero aún me gusta más SA a secas, llámame SA, y cuan­do lo escribas, pon la «a» con mayúscula para que no se confunda con el pronombre «se», tan frecuente en el español; ese «se» que, por otro lado, vuelve locos a los gramáticos porque tiene usos variopintos y oscuros; me cae bien ese «se», tan español, y en el fondo tan brutalmente latino; es increíble la cantidad de funcio­nes gramaticales que tiene encomendadas ese pronom­bre «se»; yo diría que es la palabra más enigmática del español; me gusta cuando aparece con valor reflexivo, pero también en las llamadas pasivas con «se», donde ya no hace de pronombre, y también en las impersona­les del tipo «En España se bebe mucho», donde tam­poco es pronombre. Nadie sabe muy bien qué es o en qué se convierte cuando no hace de pronombre, una especie de criatura gramatical enigmática y maligna. Es fascinante. El «se» es una criatura mutante. Por eso, llá­mame SA, y la «a» con mayúscula, una buena A, gran­de y firme, para que no haya colisión con esa superpa­labra. El español es una lengua inventada por el Diablo. Todos somos seres inventados por el Diablo, o por Dios, y su mismísimo hijo Jesucristo, da lo mismo.

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MV, Los Inmortales, Alfaguara, págs. 16-17.

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La otra cuasivisión empezó con una imagen de él flotando justo debajo de la superficie llamada el Lago Sin Nombre. No estaba muerto, pero apenas tenía fuerzas suficientes para sacar del agua la mano izquierda. Sabía que nadie lo vería, pero era todo cuanto podía hacer. Flotó, concentrando la energía y la voluntad necesarias para levantar de nuevo la mano. Cuando lo logró, otra mano le cogió la suya, una mano fuerte y firme. Cuando lo retiraba del agua, vio a una mujer que no conocía, alta, hermosa y sonriente, y quiso que ella lo subiera en brazos y lo abrazara con fuerza, pero en el mismo movimiento con que lo liberaba del lago, lo arrojó a los cielos. Daniel se precipitó por la galaxia, con la mano todavía extendida, pero sin que ello tuviera importancia alguna, ya que estaría cayendo eternamente, así que más le valía decir adiós con con la mano.

La otra cuasivisión empezó con una imagen de él flotando justo debajo de la superficie llamada el Lago Sin Nombre. No estaba muerto, pero apenas tenía fuerzas suficientes para sacar del agua la mano izquierda. Sabía que nadie lo vería, pero era todo cuanto podía hacer. Flotó, concentrando la energía y la voluntad necesarias para levantar de nuevo la mano. Cuando lo logró, otra mano le cogió la suya, una mano fuerte y firme. Cuando lo retiraba del agua, vio a una mujer que no conocía, alta, hermosa y sonriente, y quiso que ella lo subiera en brazos y lo abrazara con fuerza, pero en el mismo movimiento con que lo liberaba del lago, lo arrojó a los cielos. Daniel se precipitó por la galaxia, con la mano todavía extendida, pero sin que ello tuviera importancia alguna, ya que estaría cayendo eternamente, así que más le valía decir adiós con con la mano.

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El futuro de las librerías.

El futuro de las librerías.

(Source: ivanthays)

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AMÉ A BOEnrique Vila Matas Salimos  hacia Nueva York, un día radiante de primavera, hace diecisiete años.  Partimos contentos y confiados a bordo de la flamante nave BAW775 y ni  se nos ocurrió pensar que nunca llegaríamos a nuestro destino. Dentro de  unos días cumpliré cuarenta años y si de momento hay algo irreversible  en toda esta historia es que he perdido mi juventud aquí en la nave.  Dormir, despertar, comer, defecar, cenar, dormir, despertar. Una vida  miserable.-Oye, no te duermas -le digo a Bo-. Necesito hablar contigo.No  se mueve. Silencio. Bo no puede reaccionar de otra forma. Lleva dos  años enfadada. Sin embargo, algo es verdad. Me iría bien hablar con ella  y, además, que me perdonara. Se enfadó conmigo para siempre en el  momento menos oportuno. Su doloroso silencio me acompaña, como un largo  funeral, desde hace dos años a lo largo de este inacabable viaje  espacial a Nueva York. No sé si  podré escribir lo que ha sucedido aquí en la BAW775, pero lo cierto es  que soy el único que puede hacerlo. Todos los demás han muerto. La  última en sucumbir fue Bo, hace dos años. Ahora ella es una cápsula que  viaja a mi lado, mi único fetiche. Los demás, incluido el reputado  capitán y héroe Fyeka, fueron ya por mí en su momento reducidos a polvo,  disponen de cápsula mortuoria propia, y para no tener que verlos o  recordarlos constantemente los he depositado en el Almacén Interior.No sólo no  hemos llegado todavía a Nueva York, sino que las esperanzas de hacerlo  son completamente nulas, porque hace ya años que pasamos de largo de  nuestro destino y no ha habido forma de girar en el espacio, simplemente  de dar la vuelta oportuna. Si no fuera porque lo sucedido es sumamente  trágico (para mí sobre todo, porque a los demás ya que puede  importarles), me echaría ahora a reír, aunque tuviera que hacerlo con la  inevitable desesperación sideral y eléctrica que tanto podría  perjudicar mis pulmones.

No tengo recuerdos de juventud. Si  conservo alguno es porque lo anoté en este breve cuaderno. Amé a Bo. Y  eso es todo. En la frase se resumen todos los recuerdos de mi malograda  juventud, de mi vida entera.Yo ahora soy sólo puro humor, me confundo  con el flujo del universo.¿Amor y humor? No. Sólo he dicho que amé a  Bo, y lo he dicho en pasado. De todo aquello quedan sólo sus risas. El  universo es humor. Nada de amor. Yo sólo he dicho que amé a Bo del mismo  modo que leí una vez a alguien que se preguntaba por qué, a ciertas  horas, era tan necesario decir “amé esto, amé unos blues, una imagen en  la calle, un pobre río seco del norte”. Yo sólo amé a Bo, y punto.
AMÉ A BOEnrique Vila Matas
Salimos hacia Nueva York, un día radiante de primavera, hace diecisiete años. Partimos contentos y confiados a bordo de la flamante nave BAW775 y ni se nos ocurrió pensar que nunca llegaríamos a nuestro destino. Dentro de unos días cumpliré cuarenta años y si de momento hay algo irreversible en toda esta historia es que he perdido mi juventud aquí en la nave. Dormir, despertar, comer, defecar, cenar, dormir, despertar. Una vida miserable.
-Oye, no te duermas -le digo a Bo-. Necesito hablar contigo.No se mueve. Silencio. Bo no puede reaccionar de otra forma. Lleva dos años enfadada. Sin embargo, algo es verdad. Me iría bien hablar con ella y, además, que me perdonara. Se enfadó conmigo para siempre en el momento menos oportuno. Su doloroso silencio me acompaña, como un largo funeral, desde hace dos años a lo largo de este inacabable viaje espacial a Nueva York.
No sé si podré escribir lo que ha sucedido aquí en la BAW775, pero lo cierto es que soy el único que puede hacerlo. Todos los demás han muerto. La última en sucumbir fue Bo, hace dos años. Ahora ella es una cápsula que viaja a mi lado, mi único fetiche. Los demás, incluido el reputado capitán y héroe Fyeka, fueron ya por mí en su momento reducidos a polvo, disponen de cápsula mortuoria propia, y para no tener que verlos o recordarlos constantemente los he depositado en el Almacén Interior.

No sólo no hemos llegado todavía a Nueva York, sino que las esperanzas de hacerlo son completamente nulas, porque hace ya años que pasamos de largo de nuestro destino y no ha habido forma de girar en el espacio, simplemente de dar la vuelta oportuna. Si no fuera porque lo sucedido es sumamente trágico (para mí sobre todo, porque a los demás ya que puede importarles), me echaría ahora a reír, aunque tuviera que hacerlo con la inevitable desesperación sideral y eléctrica que tanto podría perjudicar mis pulmones.

No tengo recuerdos de juventud. Si conservo alguno es porque lo anoté en este breve cuaderno. Amé a Bo. Y eso es todo. En la frase se resumen todos los recuerdos de mi malograda juventud, de mi vida entera.Yo ahora soy sólo puro humor, me confundo con el flujo del universo.
¿Amor y humor? No. Sólo he dicho que amé a Bo, y lo he dicho en pasado. De todo aquello quedan sólo sus risas. El universo es humor. Nada de amor. Yo sólo he dicho que amé a Bo del mismo modo que leí una vez a alguien que se preguntaba por qué, a ciertas horas, era tan necesario decir “amé esto, amé unos blues, una imagen en la calle, un pobre río seco del norte”. Yo sólo amé a Bo, y punto.

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Liam Brazier.
http://www.liambrazier.com/